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COLIBRÍ

Un incendio voraz consume el bosque. Los animales, paralizados, únicamente atinan a observar el fuego acabando con su hábitat.


El colibrí decide actuar en lugar de ver. Sin esperar indicaciones ni deliberaciones, lleva gotas de agua desde el río al centro del calor. Impresionado, el rey león le pregunta por su actuar «irracional», y el pequeño volador responde: estoy haciendo mi parte.


Así es como me la contaron, o como la recuerdo, que no son siempre la misma cosa. Apenas daba mis primeros pasos en la carrera docente, pero siempre tuve presente la historia, sintiéndome identificado con su mensaje, en demasía tal vez.


Al observar el mundo lleno de guerras, corrupción, virus de laboratorio, desigualdad, violencia, asesinatos, daño ambiental e indiferencia ante la miseria     —entre cientos de males que reciben inacción por parte de instituciones mundiales y gobernadores localessolo queda soñar con el éxito del colibrí.


Y qué mejor que encarnarlo en este bosque planetario que se incendia cada vez más sin apenas dolientes. Tal vez me enganché con el relato porque siempre me gustaron los héroes, aquellos que, con todo en contra, logran salvarnos.


Esto es de vieja data. Desde los seis años, en las mañanas vacacionales, ya fuera para crearme el hábito de lectura o para aquietarme, mi papá me dejaba una variedad de historietas de superhéroes que yo devoraba el mismo día. Leía y releía imaginando el actuar de paladines que con astucia se sobreponían a la adversidad.


Adicionalmente, en una confrontación, siempre que no se trate de mi equipo favorito, simpatizo con el débil. No importa el entorno, la práctica, el tipo de deporte ni el estatus del rival.


Mi alegría fue inmensa cuando Bolivia venció 6-1 a Argentina en las eliminatorias rumbo a Sudáfrica 2010. Era impensable que el equipo más modesto de Sudamérica goleara a un excampeón mundial que contaba con todas sus figuras, incluidos Lionel Messi en el campo y Diego Maradona en el banquillo. ¡Épico!


Como columnista en portales de ciclismo internacional, explorando la economía del deporte, me emocionan las victorias de quienes tienen menos recursos financieros, patrocinios y apoyos logísticos. Me brotan lágrimas cuando un corredor latinoamericano —ayer Lucho Herrera, hoy Nairo, Carapaz, Egan, Del Toro— vence a europeos que disponen de túneles de viento y frenos de 7.000 euros.


Así me sucede con todos los oficios, disciplinas y personas. Cuando mis queridos sobrinos, aún menores de edad, se ilusionan con un tema, intento sumarme para animarlos y facilitar sus avances. Me encanta que sueñen.


Soy un enamorado de las gestas en las cuales David es capaz de verse venciendo a Goliat, incluso si no lo logra. Gusto de las acciones en las que, desde la creatividad, se impulsan cambios; en las que pocas manos buscan transformar. Por eso he creado, apoyado y dirigido, sin recursos, grupos de estudio y de investigación, monitorias, revistas, clubes de lectura, entre otros. Procuro hacer mi parte.


La gesta es parte fundamental del actuar docente. Sin aspirar a transformar el mundo, ¿para qué el salón, los parciales, las estrategias de enseñanza-aprendizaje, los sistemas de calidad y sus mil formatos? El esfuerzo no tiene sentido sin creer en la utopía.


Por fortuna, he encontrado en muchos docentes a colibríes inteligentes que reproducen comportamientos y conocimientos, capaces, constantes, entregados, sabios, mucho mejores que yo; arquetipos valientes y admirables.


Por lamento, existen colibríes parasitarios y perversos que no polinizan, que no se interesan por la reproducción de las especies ni la regeneración del bosque. Sus motivaciones son el salario, el estatus, la supervivencia laboral, nunca la vocación ni el aporte al entorno.


Es que en este ecosistema llamado academia, pueden verse todas las especies y comportamientos. La diversidad de la fauna y sus múltiples matices solo tiene límite en lo que pueda la mente imaginar. 


Jamás sospeché, que comprometerme con esta fábula podría ser dañino para el estado de ánimo y la existencia misma. Ingenua y diligentemente la hice propia y me comprometí con ella, pero no sabía que había recibido la versión idealista, que la historia estaba incompleta.


Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, habría comprendido que, las más de las veces, el rector de la selva permanecería inmóvil, asumiendo, desde su trono de león, que su voz bastaría para apagar las llamas; que el decano búho, egocéntrico, se opondría al vuelo del colibrí; que algunos grupos de colibríes acabarían abrazando celos y confrontaciones. Desconocía que los docentes reconocidos como vacas sagradas pontificarían con solemnidad y altos costos sobre la salvación, adjudicándose los méritos de sus asistentes.


Rectores, decanos y docentes son cómplices del ausentismo y deserción de la mayoría de los ponis aprendices que prefieren retozar antes que luchar por su formación.

En suma, desconocía que la sociedad animal —nunca mejor dicho esto— se dejaría llevar por la arrogancia, la indiferencia, la negligencia, la desidia, los celos y la mala gestión.

Esta es la realidad académica en muchas latitudes. Un ambiente corrosivo que quema las alas de los docentes, que incorpora la sensación de que su esfuerzo es inútil y los lleva gradualmente a la desazón y al retiro.


Confío en que los caballos de hoy, otrora ponis de mis clases, lleven en sus lomos agua del río. El éxito docente no radica en la transmisión del cálculo de un indicador, la interpretación de las teorías, o el planteamiento de modelos. Su aporte recae en el cultivo del comportamiento ético y profesional que le permita estar presente en la cotidianidad de los nuevos profesionales, mientras acrecientan su aproximación al mundo.


Ejemplificar al colibrí con los caballos que galopan en busca de su realización profesional y personal es la labor de cada docente. También recordar —y hacer caer en cuenta a todo ser vivo— que el bosque nos envuelve e interesa a todos.


Espero estar sembrando estas ideas y la práctica del trabajo conjunto en el ecosistema académico. Es una tarea titánica. El rey de la selva es majestuoso y orgulloso, solo quiere reverencias; el búho y las vacas sagradas creen saberlo todo y su ego los obnubila constantemente; los ponis, en su mayoría, son indiferentes.


Aletear requiere cada vez más energía. Afortunadamente, soñar con un bosque unido y convencido de su capacidad de transformación no requiere tanta.


La experiencia acumulada me permite aprovechar varias bondades de una curva de aprendizaje labrada con dedicación, resultado de aplicar el método de ensayo y haber cometido muchos errores.


Sin embargo, las fuerzas para hacer mi parte no son las mismas; el agotamiento se hace cada vez más notorio. El ambiente que rodea a la docencia y la investigación es cada vez más hostil: aumentan las trabas al ingreso y la permanencia, y disminuyen las satisfacciones cualitativas y cuantitativas de la labor.


Tras veinticinco años —más de 9.000 días— dedicados a lidiar con el fuego, esquivar las barreras de un ecosistema lleno de potencialidades que suele desconocer, despreciar y desperdiciar, y quién sabe cuántas horas de vuelo dedicadas a llevar agua del río, me hallo agotado. 


Entre el cansancio acumulado y la precarización del bosque, quizá sea hora de que este colibrí extienda sus alas hacia otros cielos, donde el aleteo no se pierda en el humo.


 
 
 

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