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RESPLANDOR


Como docente y director en programas de economía, después de más de dos décadas en la academia, reconozco a Laura Catalina como mi mejor estudiante: capaz, comprometida, intuitiva, sencilla, pragmática, dedicada y sobre todo entusiasta.


La docencia permite conocer personas brillantes, muy inteligentes, colmadas de capacidades que en ocasiones ignoran. En mi campo, a algunos les basta con dejar aflorar su intuición; otros, cultivan su razonamiento lógico, y varios apuestan por añadir constancia y disciplina. Ella tenía de todo un poco.


Cuando la conocí, yo era coordinador de área y debía gestionar la oferta de cursos para más de 600 estudiantes por semestre. Más del 95% no eran economistas; estaban allí obligados por diseños deficientes en los planes de estudio de sus carreras.


Existía entonces un interés casi nulo por la teoría del equilibrio general, las teorías del productor y del consumidor, y esto se reflejaba en un creciente número de quejas y de «mortalidad» de los cursos, lo cual me volvía tristemente célebre en los pasillos. Decidido a buscar mejoras, implementé un programa de monitorias para que las ejercieran los mejores estudiantes.


Pero la tendencia al estancamiento en la universidad era muy fuerte, los directivos priorizaban la minimización de los costos. Aceptaron el programa objetando la remuneración. Su postura desconoció mis argumentos y las miles de experiencias positivas de otras IES para favorecer la formación de capital humano de calidad.


Tenía entonces que identificar y reclutar a los estudiantes, convencerlos de trabajar gratis, citarlos, revisar y corregir los talleres que proponían, ofrecerles guía sobre el trato con estudiantes. En otras palabras, mi proactividad, como siempre, me duplicaba el trabajo. «Por sapo», como diría mi hermano.


Los resultados mejoraban lentamente, mantuve por ello el programa a regañadientes de directivos a los que les ganaba la indiferencia. Volví a tener esperanza en mi idea cuando Laura Catalina, perteneciente al programa de relaciones internacionales, obtuvo la mejor nota en la historia de mi clase.


Ella había crecido con su madre en un ambiente de estudio constante, entendiéndolo como motor de cambio. Se sentaba en los primeros puestos, me seguía con la mirada las dos horas enteras de cada sesión, como si yo fuese dueño de las fórmulas de la felicidad individual y la paz mundial. Su estructurado cuaderno colapsaba con apuntes llenos de colores para las gráficas, la presentación detallada de sus talleres con ecuaciones que resolvía paso a paso en cada renglón era impecable.


Preguntaba auténticamente en cada intervención, no era melosa ni intensa. Jamás la encontré en la biblioteca, ni aislada, por el contrario, de reojo notaba que tenía su grupo de amigos con los que parecían compartir varios planes.


Le ofrecí la monitoria y aceptó muy contenta aun sin sueldo. Sus predecesores, aunque bien intencionados, fallaban montando talleres, llenando formatos inútiles, y si se les pedía atender una sesión de clase, las cosas podrían enredarse. Con ella nunca hubo lío, siempre se mostraba alegre y diligente, comprometida con cada detalle, capaz y versátil, además, se distinguía por ser mucho más paciente que yo.


Me acompañó durante dos años, facilitando mis días y demostrando a los estudiantes que el curso no era la pesadilla que se murmuraba en los corredores. Los promedios y tasas de aprobación mejoraron significativamente, y lo mejor: me ayudó en la noble tarea de hacer que los indolentes directivos se mordieran la lengua.


Con mi renuncia perdimos el contacto. Cinco años después, la decana de otra IES me preguntó por su currículo. Le recomendé contratarla a largo plazo e ir nominándola para vicedecana o directora de proyectos. Como ignoraron mi voz, Laura Catalina se marchó tras los escasos diez meses que ahora brindan a los docentes de tiempo completo.


Pasé una década más sin saber de ella, hasta que, en una soleada tarde vacacional en Girardot, me reconoció y me saludó con un abrazo afectuoso. Al inicio no pude identificarla, estaba huérfana de toda expresión estudiantil, caminaba imponente, con la mirada altiva. Al conversar exhibió cultura, fluidez y elegancia. Su maestría y su periplo por Europa le brindaban seguridad y experiencia, sin sacrificar una pizca de su alegría, sencillez y buena energía.


Actualmente es consultora de una organización internacional y es profesora en su universidad de origen. Recordó que me disgustaba mucho cuando las impresiones de talleres o parciales salían con errores, también que la aplaudía por llegar llena de propuestas para innovar en las actividades, lo que la hacía contrastar con varios profesores del área. Me confesó que sigue utilizando las bases que le sugerí para tratar con los estudiantes y algunas de mis técnicas para llevar a cabo las sesiones.


Aunque insistió en que lucía igual que hace tres quinquenios, aun sin el pelo largo que usé por años, verla en un nuevo rol me hizo sentir el paso del tiempo. En todo caso, me alegré mucho con sus logros.


Laura Catalina es muestra de que los hábitos de estudio no convierten a la gente en ratón de biblioteca. Hizo factible la idea de ser un reto para el profesor con sus preguntas, y al mismo tiempo, su par. Todos estos rasgos son escasísimos en el día a día universitario.


Adicionalmente, su genuina disposición para ayudar a otros, el cuidado en cada actividad y su entrega constante eran incomparables. Sin embargo, lo que más recuerdo de ella es su entusiasmo por hacer las cosas y hacerlas bien.


Si hubiera más estudiantes así, en lugar de quienes solo buscan aprobar a toda costa, la docencia sería mil veces más enriquecedora y edificante. Su compromiso con la calidad y su buena energía siempre me ayudaron a renovar fuerzas y a recordar que vale la pena seguir creyendo y apostando por la educación.


 
 
 

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