#SINEXCUSAS
- Andrés Gómez

- 14 mar 2024
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 25 nov 2025

En el ejercicio docente escuchar excusas es tan común como calificar.
Las hay de todo tipo: personales, familiares, laborales, médicas, financieras, sexuales, espirituales, tecnológicas, políticas, animalistas, ambientalistas, entre un vasto archipiélago.
Justifican todo: inasistencias, bajo rendimiento, la falta de entrega de trabajos, la presentación de un trabajo individual en grupos, la entrega de uno grupal de manera individual. Algunas son ciertas; muchas otras no. El resultado es un deterioro sostenido en la calidad de la educación superior.
Uno quiere creer en la palabra y la buena fe de las personas, pero años de experiencia en el «gremio», me han enseñado que existe uso y abuso de las excusas.
Decidí verificar varias después de haber sido engañado por la mentirosa mayor. Entre mis hallazgos, la falsedad en documentos médicos, funerarios y laborales es inabarcable. También dispongo de numerosas confesiones de mis ex estudiantes, quienes tienden a ser más abiertos —igual que yo— cuando ya no hay notas de por medio.
Hay que decir, con tristeza, que las excusas se han convertido en la cotidianidad universitaria. Se pasa más tiempo escuchándolas que resolviendo dudas temáticas. El momento de presentar una excusa es, tal vez, el momento único y feliz en el que el docente puede escuchar al estudiante desconocido argumentando un tema: el suyo. Y para ser excusados, no hay reparo en perseguir al docente hasta el rincón más escondido del planeta.
Constituyen, en mi concepto, una buena parte de la explicación a la mediocridad y bajo nivel de los profesionales del país, esto mientras el profesor es el perjudicado en el corto plazo.
Nadie piensa en el costo de oportunidad de tener a un docente —usualmente con alta formación— diseñando un supletorio del supletorio. El trabajo se multiplica fuera del cronograma laboral y los buenos estudiantes no necesitan estos procesos.
¿Los administrativos? Usan estas situaciones para congraciarse con sus estudiantes, justificar sueldos y, en ocasiones, cultivar rumores malintencionados hacia quienes no son de su tribu.
Los profesores diseñamos y procuramos respetar esquemas de temáticas, estrategias y calificaciones, eso no significa que ignoremos contingencias. Los directivos desacreditan la planeación y exigen «ayudar» al estudiante como si no existiera otra obligación misional.
En este sándwich, lo usual es terminar diseñando nuevas actividades y recibiendo reclamos. Estudiantes enfurecidos me han acusado de discriminador y me han insultado porque no les repito las pruebas originales. Todo esto es inaudito: excusas falsas, duplicación del trabajo, quejas estudiantiles por recibir nuevas actividades y directivos torpes.
Sostengo que la ayuda del apoyo de la colaboración de la recuperación nos refleja como sociedad mediocre. Los administrativos no comprenden qué significa esto para la calidad educativa que afirman defender. Y luego, se caen los puentes vehiculares diseñados por los recién egresados.
De poco sirven los reglamentos sobre el tema. Están llenos de contradicciones, incoherencias y vacíos. Tienen tantas excepciones que todo constituye fuerza mayor. Son leyes de burlas.
Las excusas son un tema de difícil manejo. Si no se escuchan, se termina con fama de «honorable parlamentario»; si se atiende una, llegan decenas. Muchas son insólitas procurando ser originales. Además, trascienden escenarios y horarios. Me las han acercado en días festivos, espacios privados, redes sociales, canchas deportivas, cafeterías, buses y bares.
Recuerdo a un estudiante que consiguió el teléfono de mi hogar. Era un feliz domingo futbolero y al regresar del tercer tiempo, recibí el recado de trámite URGENTE. Así lo anotó mi papá —cuando aún compartíamos vivienda— en mayúsculas y subrayado. Fue imposible ignorar el caso porque él, que todo lo olvida sobre mí, me lo recordó diariamente.
He procurado sensibilizar sobre este tema. Escribo #SINEXCUSAS en el tablero en el inicio de cada sesión. El # me ayuda a lucir moderno, atrae la atención y deja un mensaje latente.
En la primera sesión pregunto a los estudiantes acerca de cómo ven el país, si gustan de los congresistas que no asisten, de los que se duermen en las sesiones, de aquellos que firman las leyes sin leerlas, sobre los que se presentan apenas para marcar asistencia y cobrar el sueldo.
Coincidimos entonces en que todo el mundo tiene alguna excusa. También en que las buenas intenciones no bastan para avanzar. Todos ven la paja en el ojo ajeno, se decepcionan de lo que somos y critican a los otros. Se quejan de Simón Gaviria, Petro, Uribe, Pastrana, Duque, Santos… de todos.
Parece funcionar. De hecho, nace un ambiente de complicidad que llega hasta la cuarta o quinta sesión en la que aparece alguien con la excusa del trastorno bipolar de la mascota del vecino del primo en tercer grado.
La cultura arrastrada por años no es fácil de vencer. Las inercias estudiantiles —de las que también hice parte— los llevan a creer que deben ser excusados bajo cualquier circunstancia.
Directivos sordos y desinteresados refuerzan dicha creencia. Docentes complacientes hacen que quienes impulsan algún nivel de exigencia sean vistos como problemáticos o malas personas.
Los estudiantes siguen la teoría económica: buscan maximizar sus ganancias —sus notas— con el menor esfuerzo. Entenderlos no es problema; la contradicción surge en los directivos que inician los semestres más papistas que el papa, invocando exigencia y defensa del reglamento, para no tardar en desdecirse.
Replico el numeral en el tablero, en pizarras de las plataformas tecnológicas, en encabezados de talleres y parciales. Por exigir sin paternalismo nocivo, he sido acusado en innumerables ocasiones de patán, insensible, intolerante, mal ser humano y otros adjetivos que no deseo recordar.
No es de sorprender que el país tenga los gobernantes que criticamos. La educación es causa de muchos de nuestros bienes y males.
Nadie se compromete y a nadie le importa. Pero a mí sí, y esto se refleja en mis evaluaciones docentes, llenas de comentarios de amor y odio extremo. Tengo alumnos que me promoverían para presidente. Otros, iracundos, me llevarían a prisión acusándome, en exclusiva, de sus malos resultados.
La campaña es desgastante y se tiende a sucumbir. ¿Quién soy acaso para establecer un fuerte de resistencia contra la mediocridad y la ineptitud? ¿Quién para evitar que la inercia nos carcoma? ¿Quién para enfrentar a directivos cómplices e indolentes? Y ¿quién para darse el lujo de buscar nuevos contratos saltando entre universidades?
En una tarde de lluvia bogotana, llegando a clase con un grupo con el que sentía que había fracasado en este y otros temas, una exalumna me abordó frente a la universidad.
Se dirigía a su posgrado, dos años después de que compartimos un curso de Microeconomía Intermedia. Dijo que recordaba mi clase, especialmente el hashtag, pues a través de él, empezó a buscar en sí misma, y no en otros, la razón de sus resultados. Eso la llevó, primero, a aprobar el curso y luego a apersonarse de diferentes campos de su vida.
Un pequeño paso para el docente y un gran paso para la academia. Ella, sin saberlo, me ayudó a resolver las preguntas que me atormentaban. Y me recordó quién soy:
¡¡¡Su Profesor!!!

Creo que todos deberíamos entender mas sobre el estoicismo, entender que nada es tan malo como parece, aceptar y hacerse cargo de lo que le corresponde, un hombre hace lo que debe hacer, #sinexcusas pero si, con tolerancia, calma y serenidad.
Buenas reflexiones. Pero muchos de estos eventos ocurren por todos lados, no solo en IES de Colombia.